La insultante e
inacabable cola de entrada casi me hizo desistir. En mi caso era
una visita muy deseada. Los magníficos mosaicos que Santa Sofía guardaba en su
interior resonaban desde hacía mucho tiempo en mi memoria,
aunque sospecho que para la gran mayoría de los que allí
estábamos se trataba más de una visita obligada. No creo que
nadie que visite Estambul se atreva a cometer el sacrilegio de
no penetrar en uno de los iconos de la ciudad. Y es lógico,
dilatada es la historia de esta basílica, de sus
nombres, de sus protagonistas y de la ciudad que la acoge.
Diferentes nombres
para este templo: Santa Sofía,
o Haghia Sophia -como se
la conoció en la época bizantina- o Aya Sofya Camii, nombre dado
por sus conquistadores turcos. Diferentes cultos y
usos. Pasó de ser basílica a mezquita cuando el sultán Mehmet el Conquistador se apoderó de Constantinopla
el 1453, y de mezquita
a museo, desde el año 1934, por decisión de Mustafa Kemal,
Atatürk, padre
y primer presidente de la República turca laica.
La basílica
ha sufrido diferentes
etapas de construcción, sobreviviendo, contra todo pronóstico, a
la historia: Inaugurada el año 360 por el emperador Constantino,
incendiada y destruida en el 404, erigida de nuevo por Teodosio
II -que la consagró el año 415-, sucumbe nuevamente el 532 bajo
las llamas. El edificio actual debe su existencia al emperador
Justiniano que, en tan sólo 5 años (532-537),
logró reconstruirla, gracias a las artes del arquitecto Antemio
de Tralles al que -al morir pocos meses después de iniciada la
reconstrucción-, sucedió su ayudante Isidoro de Mileto.
Justiniano quiso, y parece que lo consiguió según narran las
fuentes antiguas, convertir la basílica en el más suntuoso
templo de la cristiandad, superando el esplendor del de Salomón
en Jerusalén, por lo que no le importó expoliar las riquezas de
otros importantes templos como el de Diana en Éfeso, el de
Atenas en Delfos o los de Delos y de Osiris en Egipto. Mármoles,
columnas y ornamentos fueron reubicados en Santa Sofía. Los
diferentes terremotos que en los veinte años siguientes se
produjeron no la destruyeron, pero si dañaron la cúpula que tubo
que ser reconstruida. Emperadores bizantinos como León VI y sus
sucesores la dotaron de uno de sus elementos decorativos más
relevantes: los mosaicos, realizados entre los siglos IX a XII.
Todas estas diferencias han dotado
a este edificio de un espíritu único, que nos impregna -sin que apenas seamos
conscientes- al entrar su interior. Una única nave, de planta casi cuadrada,
sustenta en su centro una magnífica cúpula de unos 32 metros de diámetro. Está
formada por 40 nervios de mampostería que la recorren, abiertos en su base por
pequeñas ventanas que la dotan de una falsa sensación de ingravidez. Esta cúpula
ostentó orgullosamente el título de ser la más grande del mundo, hasta que
perdió su reinado en 1436, cuando a un tal Filippo Brunelleschi se le
ocurrió un ingenioso e innovador sistema para levantar una cúpula aún mayor, de
45 metros de diámetro, en el Duomo de Florencia.
Cuando la ciudad cayó bajo el Imperio
Turco,
la transformación en mezquita fue inevitable. Aunque lo increíble e inusual es
que los turcos no derribaran el símbolo más importante de la Cristiandad en
Oriente en aquella época. Pero, nuevamente, Santa Sofía resistió y se adaptó,
transformándose en Mezquita. Se construyó el mihrab, Selim II erigió los
cuatro minaretes. Los seis enormes levhas -discos de madera pintada-
suspendidos sobre los pilares de la galerías son uno de los elementos que más
destacan en la amplia nave, pero no fueron añadidos hasta mediados del siglo XIX
por los Fossati (responsables de otra de las restauraciones del edificio). Los
caracteres arábigos en oro hacen referencia a los nombres sagrados del Islam:
Alá, Mahoma y los cuatro primeros califas Abu Bakr, Umar, Othman -fundador
dinastía otomana- y Ali. Estos discos y la gran inscripción que aún
se lee en el intradós de la gran cúpula, son obra del calígrafo Mustafa Izzet
Efendi.
Sin embargo la transformación de basílica a
mezquita no fue completa hasta el reinado del sultán Abdül Mecit (1839-1861),
época en que fueron eliminados los mosaicos figurativos cristianos que,
inexplicablemente para el culto islámico, aún subsistían en sus galerías. Fue
entonces cuando se cubrieron con una capa de yeso que los disimulaba a los ojos
de los seguidores de Alá. El culto islámico prohíbe la representación humana
porque, según sus creencias, distrae de los rezos y de su conexión con Dios. No
puede dejar de sorprenderme que Santa Sofía, o la ya entonces Aya Sofya,
funcionara como Mezquita durante 4 siglos, dejando a la vista estos magníficos
mosaicos de clara iconografía cristiana. Parece ciertamente un sacrilegio, o
quizás no, quizás simplemente los predecesores de Abdül Mecit supieron apreciar
su gran calidad. En abril de 1932 se destaparon los mosaicos, sufriendo un largo
proceso de restauración, y no pudieron ser contemplados por el público
hasta 1964.
Los magníficos mosaicos
bizantinos estaban allí, es cierto, esperándome. Podía verlos pero fui incapaz de disfrutarlos.
La marea humana que recorría las galerías era como una barrera.
El ruido constante no me permitió ni abstraerme ni detenerme lo
suficiente para admirarlos Era como si, en parte, quisieran seguir
ocultos, como si aún estuviesen tapados con el yeso. Las
múltiples combinaciones de teselas doradas y azules que formaban
las figuras no estaban más cerca que cuando las estudié años
atrás, a través de las frías y
distantes diapositivas proyectadas en un aula.
Con todo fui capaz
de localizar el mosaico de la Déesis, situado en el luneto de
la Puerta Imperial, en la galería superior, con la inconfundible
figura central de Cristo bendiciendo en gesto bondadoso y
amable. En el tímpano de la Puerta aparece una representación de
un emperador bizantino suplicante, figura identificada con el
Emperador León VI, (886-912). Los espacios de las
representaciones estaban rellenos por teselas de pan de oro, los ropajes y
el aura mística de Cristo formados por pan de oro y pigmento de
lapislázuli. Ambos materiales eran los más caros en la época.
Pocas obras de arte podían realizarse con estos ellos. Contemplar tanta riqueza me sobrecogió. Quizás
por este mismo motivo los otomanos no fueron capaces de destruirlos y se limitaron a tapar
estos ricos mosaicos hasta que fueron redescubiertos a mediados del siglo XIX.
Los mosaicos de la
galería sur no estaban lejos, en el extremo de una sala. Esta
obra representa a una Virgen sedente con el niño en brazos,
sujetándolo de forma amorosa, y está flanqueada por dos figuras,
el Emperador Juan II Comneno (1118-1143) y su esposa, la
emperatriz Irene. Comitentes poderosos que pudieron
costear el precio de esta magnífica obra.
Sin embargo no fui
capaz de localizar todos los mosaicos bizantinos que albergaba
Santa Sofía, inmersa como estaba en el caos circulatorio de los
visitantes que recorrían ávidamente el museo. Aunque descubrí otras
maravillas, como los mármoles y los
ricos capiteles. Necesitaba más tiempo y energía para acabar de
descubrir los secretos de este magnífico edificio, un gran
superviviente de la historia de los hombres, pero tenía otra
cita ineludible. El Palacio de Topkapi me esperaba, y, como
tantos otros turistas, no fui capaz de irme de Estambul
cometiendo el sacrilegio
de no visitar uno de los iconos
de la ciudad. Otro de ellos.