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Fronteras de Papel revista de viajes |
Laos
Luang Nam Tha, el hogar de los aka
Texto y fotos: Alejandra Ramírez
Ahí, donde el viento da la vuelta, muy muy al norte de Laos, casi tocando la frontera con China, se encuentra una región muy verde y montañosa, habitada por una minoría étnica muy bien preservada: los aka.
En mi afán de conocerlos emprendí el viaje hasta Luang Nam Tha. Lo que nadie me explicó es que para acceder a la remota población de las montañas, y poder saborear un poco de este paraíso, tenía que pasar primero por el mismísimo infierno (¡eso me pasa por no leer las letras pequeñas!).
Nueve horas en una furgoneta venida a menos por los años, viajando por una carretera con más baches y agujeros que kilómetros!!! A fuerza de salto y salto, esquivando búfalos, rocas, campesinos y tractores, llegué a Mua Sing, un pueblecito amigable, muy cerca de la nada, en el que cené y pasé la noche.
Al la mañana siguiente me esperaban dos horas más por caminos de tierra, en una especie de tuk tuk masivo en el que, poblado tras poblado, subían y bajaban los autóctonos con gallinas y bolsas. Ya no sé ni cuantas veces paramos por el camino, el viaje parecía no tener fin, pero esto era sólo el preludio de la verdadera pesadilla.
Me esperaban seis horas caminando por la selva, cuesta arriba, a 38 grados bajo el sol, y con una humedad de locura... Sientes que ya no puedes dar un paso más, los pies se te hacen de plomo y tu pequeña mochila –en la que metiste sólo lo más esencial- se convierte en un accesorio completamente innecesario -y terriblemente pesado- que te gustaría dejar ahí olvidado.
De esas seis horas de camino cuesta arriba, casi dos las pasas atravesando zonas repletas de sanguijuelas, ¡Que agobio! Te las arrancas con una barita y sigues con paso firme, intentando no parar, intentando no ver, intentando no sentir...
Pero al final, por fin llega la esperada recompensa.
Una aldea de ensueño, en el centro del mundo, rodeada por plantaciones de arroz y de banana. La gente buena, amable, pura, inocente, sonriente; con las tradiciones y costumbres mejor preservadas de la región.
Rústicas casitas milenarias, que se asoman tímidas entre el verdor de la selva; silencio total que se rompe con el sonido de grillos o gallos; noches con un millón de estrellas, y niños que se acercan a jugar y cantar.
Me quedé tres días conviviendo con los aka, compartiendo con ellos su casa, sus costumbres y su comida. Intentando aprehender (con h) un poquito sobre su vida, sobre su mundo… Un mundo muy diferente al mío, al nuestro.
Supongo que por eso dicen que "lo que más vale la pena cuesta más trabajo". Y vaya si me costó trabajo llegar, pero, definitivamente, esta inolvidable experiencia bien me ha valido “las penas”.
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