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Fronteras de Papel revista de viajes |
Argelia
Hoggar, donde vive el silencio
Por Joan Biosca
Al atardecer, visto desde 8000 metros de altura, el Sahara es una mancha naranja moteada de sombras negras allá donde el sol ya no penetra. Desde el cielo el desierto no apabulla, es más hipnótico que inquietante y su monótona pulcritud invita más a la modorra que al entusiasmo.
Mientras se respira aire filtrado y climatizado, la alfombra terrosa que se desliza bajo las alas no impone más respeto del que merecería una playa demasiado grande; sólo cuando el anguloso trazado de Tamanrasset hace acto de presencia en mitad de la nada, como un espejismo fuera de contexto, ese desierto de apariencia inerme cobra magnitud y desaparece toda posibilidad de adjetivarlo.
El Sahara avanza implacable expandiéndose día a día; progresa empujado por la sequía y el viento, tragando oasis y aldeas o dejando al descubierto grutas y rocas con historias neolíticas grabadas en la piedra, tallas que cuentan que hace miles de años esta inmensa soledad estuvo poblada por hombres que cazaban jirafas y gacelas al borde de ríos caudalosos. Se necesita una imaginación muy fértil para figurarse gritos de caza o cantos rituales en un lugar donde el silencio es tan denso que ni siquiera existe el eco y solo el viento esculpe las rocas y dibuja montañas de arena en movimiento. Quien sabe si es por eso que los tuaregs se llaman a sí mismos “Pueblo del Viento”.
Este país, aparentemente despoblado, sin más rastros de vida a la vista que la polvareda levantada por algún camión o las siluetas recortadas de asnos o camellos buscando una brizna de hierba que llevarse a la boca, refleja la vida que bulle entre piedras y arena en los rastros que sus habitantes siembran en el territorio; rodadas de vehículos, huellas o boñigas de camellos, pisadas de zorros o conejos, ondulantes surcos dejados sobre la arena por el paso de alguna serpiente de excursión y, muy de vez en cuando, los restos de una fogata como mudo testigo de la existencia de seres humanos.
El Sahara es un continuo espejismo que juega con la vista y la imaginación de quienes lo recorren. Los Erg, esos inmensos arenales de dunas en movimiento, capaces de sepultar pueblos y de hacerte sentir como un naufrago navegando a la deriva sobre olas sólidas. Los “Tassili”, mesetas que salpican el sur de Argelia y que conforman un desconcertante paisaje de dunas y macizos montañosos que parecen librar una perpetua batalla de elementos. Es fácil, circulando por esos cauces secos, a los que de vez en cuando alguna tormenta devuelve por unos días el esplendor de su húmedo pasado, topar con algún “Reg”, zonas semi-desérticas en las que medran raquíticos arbustos y ralea la yerba.
Esta es tierra de tuaregs, tierra habitada por hombres que a pesar de haber perdido el aura mítica de antaño aun mantienen el orgullo en la mirada y en sus elocuentes silencios. Gentes que, como la tierra que les vio nacer, sobreviven al paso de la política o los modismos turísticos con la sabiduría de quien sabe que ese desierto, como ellos mismos, no tiene fronteras que puedan ser delimitadas con una escuadra y una bandera.